Recuerdo de forma vívida la sensación que sentía cuando lo giraba. Era un segundo de suspensión y de pronto aparecía algo nuevo: lo mismo colocado de otra manera.

En este artilugio se conjugan la posibilidad y la imposibilidad: aunque están siempre las mismas piezas tenemos la posibilidad de formar figuras diferentes, y aunque tenemos esta posibilidad, a la vez tenemos una limitación de figuras posibles. Hay un límite (… y sí, todo no se puede). 

Pero fue esa posibilidad y ese límite lo que hicieron que me decantara por esta palabra. 

Me gusta pensar al ser humano como un cúmulo de piezas heterogéneas que terminan urdiendo lo que somos. 

A todos esos elementos podríamos verlos como las piedritas del calidoscopio, nuestra materia prima, nuestra biografía.

 Nuestra biografía es lo que ya está, y luego está lo que vamos haciendo. 

Si queremos “estar presentes” en lo que vamos haciendo (esas nuevas construcciones), necesitamos tener una idea de las piezas con las que contamos: conocer nuestra biografía y vislumbrar los límites que nos impone (y aquí no basta con ver, hay que enfrentarse y decidir qué vamos a hacer con lo visto). 

Es todo un trabajo aprehender (no sólo aprender) que sólo yo tengo esa biografía y que desde ese lugar miro el mundo: desde ese pequeño-gran y único lugar hablo, desde ese pequeño-gran y único lugar escucho, desde ese pequeño-gran y único lugar me emociono, desde ese pequeño-gran y único lugar me relaciono con el pequeño-gran y único lugar del otro… 

Mi biografía me trae un recuerdo:

“Ensancha el espacio de tu tienda, 

sin demora despliega tus toldos, 

alarga tus cuerdas y refuerza tus estacas;

porque te extenderás a derecha y a izquierda.” 

Isaías 54:2-3

Si queréis podéis girar el calidoscopio. Depende de cada uno.

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